Tom siempre me hace pensar. Tengo la suerte de tener al hombre más comprensible, tolerante y cariñoso del mundo. Podría haberle tocado a otra, pero oye! me ha tocado a mí…

Es viernes y 13, para cualquier persona supersticiosa hoy seguramente no sea buen momento para hacer la ecografía 12, una de las más importantes durante la gestación, porque conoces posibles síndromes en tu futuro bebé.

Para no mentir, tranquila no es un adjetivo que me defina. Sin embargo él siempre lo está. Su estado de relajación constante me desquicia. Para él, todo está bien. Siempre. Y la verdad es, que al final en la vida, todo nos sonríe!

Las pantallas en la sala de espera anuncian mi nombre. Es nuestro turno.

No esperábamos saber el sexo de nuestro bebé hoy, pero la ginecóloga, sin darnos elección a la incertidumbre, le da la razón mi intuición: “80-90% diría que es chico“. Mi cara dibuja una sonrisa, y orgullosa de mí misma suelto: “Lo sabía”

Tom incrédulo pone cara de asombro y con su acento guiri exclama… “qué way tia!”

La ecografía parece estar perfecta. Nos imprimen unas fotos de lo que es nuestro peque acompañado de unos caracteres numéricos que no sé qué significan… Sólo puedo fiarme de lo que la experta nos cuenta. Y con lo único que me quedo es con que todo está bien.

Al salir de la clínica me siento eufórica y posiblemente más enamorada que hace 40 minutos… es eso posible?

Desayunamos y volvemos a acordarnos de lo afortunados que somos. Vamos a ser padres! Juntos!

Tom siempre había querido chico. Yo siempre supe que lo era.

-“Qué cara tendrá? Será un tio divertido? Qué querrá ser de mayor?” nos preguntamos felices fantaseando con nuestro futuro bebé.

A él le preocupa el hecho de encasillarlo desde que nazca. Yo ni siquiera me había parado a pensarlo!!

A pesar de que en mi familia dejé claro desde el principio que no queríamos regalos de bebé hasta que no confirmasen que todo iba bien, mi madre como siempre hizo lo que le dio la gana y en su carta a los Reyes Magos pidió unos pantaloncitos de chándal con cochecitos dibujados y unos peucos azules para su “nieto”.

Qué hacemos con todo esto si resulta que es niña? me preguntaba yo antes de conocer el sexo. Para Tom en cambio, era obvio que ambas prendas podían ser utilizadas indistintamente para ambos sexos y le parecía totalmente absurda la clasificación por colores o temáticas asociados a estereotipos de género.

Esto mi hizo pensar. Acaso yo no quiero fomentar la igualdad en mi hijo desde que sea pequeño?

Es cierto que lo habitual es regalar muñecas a las niñas y cochecitos a los niños, pero realmente, nuestros hijos no son rosas o azules, ni princesas encerradas o príncipes valientes, sino niños y niñas a los les gusta jugar a todo.

Por qué entonces clasificar desde que nacen? Sin quererlo estaba teniendo prejuicios aplicando unos estereotipos al sexo.

Hasta ahora no me había planteado este reto al que irremediablemente me enfrento. Me preocupa tanto moral como éticamente la posibilidad de criar bajo esa perspectiva, porque no me gustaría ser responsable de una educación sexista.

Lo más seguro es que los dos acabemos criando a nuestro hijo igual que nos criaron a nosotros y en mi caso (criada en una humilde familia común española) es posible que muchas acciones cotidianas lleven implícitas cierto contenido sexista. No obstante, siempre que me sea posible y esté siendo consciente intentaré aplicar criterios de igualdad.

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