Amparo, ya sé que no sientes esto y que llevas 15h con contracciones, vomitando y que estás agotada pero van a pasarte a paritorio para que hagas el esfuerzo final. Me repetía a mi misma. Además, ya le han visto la cabecita y eso significa que ya está ahí, venga! seguro que vas a poder con esto, tu hijo está también deseando conocerte.

Apenas podía notar las contracciones debido a los efectos de la epidural, pero la matrona que asistía mi parto y Tom, que estuvo conmigo durante toda la dilatación, me aseguraban haberle visto los pelitos de la cabeza asomando. Sam estaba ahí, tan cerca y tan lejos de mi imaginación a la vez. Su frecuencia cardíaca era más lenta de lo que debería y las constantes entradas y salidas del personal del hospital a chequear mi monitor fetal me hacían estar preocupada. Me pusieron oxígeno artificial. Sabía que podía pasar cualquier cosa y aunque no tenía suficientes motivos de alarma, mi preocupación se notaba a la legua en el temblor de mi mandíbula.

Ingresé un domingo 30 de julio en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, 9 días después de mi fecha prevista de parto. Iban a inducírmelo. Entré por puertas de urgencias a las 9 de la mañana con la misma ilusión que alguien a quien le acaban de dar sus merecidas vacaciones.

Me dirigí al mostrador de ingreso y con toda mi espontaneidad solté:

  • Buenos días, Que vengo a parir!!

La chica levantó la vista, sonrió y me pidió que pasase a la sala de espera. Enseguida me recogieron en silla de ruedas a pesar de asegurarles que me encontraba en perfectas condiciones y me llevaron a una consulta donde me harían la exploración. Una vez allí me explicaron que mi bebé estaba muy arriba y que el procedimiento que iban a llevar a cabo consistía en una primera dosis de prostaglandinas para conseguir ablandar el cuello del útero y una segunda dosis de oxitocina para provocar las contracciones si todavía no me había puesto de parto por mí misma. Así que pregunté:

-Osea, que no voy a dar a luz así en este ratito no?

La ginecóloga se echó a reír y me dijo…

-¿A ti no te han explicado que esto puede tardar hasta 48 horas verdad?

Efectivamente mi conocimiento era que una inducción podía ser algo largo, pero nunca tanto como 48h!! Estaba alucinando, pero como todavía no me dolía nada, y no estaba nada nerviosa pensé:

-bueno, pues si hay que esperar, se espera lo que haga falta…

Como mi embarazo lo había llevado en un privado, aproveché ese momento para avisar de nuevo de que mi exudado del streptococos había dado positivo (para que tuvieran constancia de que debían administrarme los antibióticos), y de que tanto a mi chico como a mí nos gustaría poder donar el cordón umbilical. La ginecóloga asintió y lo dejó todo anotado.

A las 11 de la mañana me pusieron las dichosas prostaglandinas que en menos de una hora empezaron a surgir efecto y me subieron a mi habitación.

-Notarás molestias,- me aseguraron. Pero aquello no eran molestias. El dolor que desencadenaron durante más de 9 horas era comparable a si me estuvieran quemando viva.

Sobre las 4 de la tarde llegaron mis padres a hacerme una breve visita, ya que yo les había pedido que no estuvieran durante toda la inducción y que ya les avisaríamos cuando el bebé estuviese fuera. En aquel momento yo ya estaba fuera de mí, retorcida del dolor y pidiendo a gritos calmantes.

Me administraron algo que yo juraría que era un placebo para callarme ya que el dolor no disminuía. A mí me habían explicado que las contracciones eran como una ola. Tenían su cresta y luego disminuían. -Mentira.- En mi caso se mantenían en ese momento álgido todo el tiempo.

Lloraba, chillaba, respiraba como me habían enseñado, me ponía de cuclillas, sentada en la fitball, vomitaba… No podía más.

La gine que estaba atendiéndome cuando llegué era diferente a la que estaba ahora en la habitación. Esta última sobre las cinco de la tarde me dijo que debíamos esperar a que dilatase al menos 2cm para poder administrarme la epidural.

Sobre las 18h me pasaron a dilataciones y me pusieron la primera dosis de antibióticos, aunque tuve que esperar hasta las 21:45h para que me administraran la epidural.

Mano de santo. Ya no sentía nada. Mi cuerpo era de otra persona. Se acabó mi angustia.

Ahora una matrona se encargaba de mí. Aunque fue otra ginecóloga diferente quien entró a examinarme sobre las 23:30 h de la noche y me dijo que ya estaba en dilatación completa y que en nada conocería a mi bebé.

Empecé con los ensayos de los pujos. Como yo no notaba nada, la matrona me guiaba cada vez que llegaba la contracción.

-Venga cariño, así como si fueses a hacer caca. Coges aire y aprietas fuerte y largo todo lo que puedas. Aguanta aguanta aguaaaaanta ¡Muy bieeen!

Todo estaba listo. No sé muy bien qué hora era, pero no serían más de las 2.30am cuando me pasaron a expulsivos. No podía creer que por fin hubiese llegado la hora.

A Tom le hicieron esperarse fuera y le explicaron que le llamarían minutos antes de que naciera el bebé.

En la sala había ginecólogas nuevas. Otra vez. Muy jovencitas las dos y parecían muy simpáticas. Volvimos a los pujos, y yo seguía sin apenas poder colaborar aunque ellas me aseguraban que empujaba fenomenal.

_Vamos a ello, Amparo ¡Empuja! -Decía mi matrona.-

Yo de veras que lo intentaba, pero no podía más. Estaba agotada.

-Kiwi, pasadme un kiwi, avisad al pediatra y que entre el papá. Gritó una de las ginecólogas.

Por fin Tom estaba de nuevo conmigo. Su cara era como la de un niño pequeño asustado. Se puso a mi lado y noté como la cabeza del bebé que intentaban sacarlo con esas ventosas se soltó.

-Viene con vuelta de cordón?- Pregunté asustada.

Las caras de todo el mundo eran de mucha preocupación, me hicieron la episiotomía y empezaron a saltar encima de mi barriga (algo que yo me había repetido cientos de veces que no iba a consentir). Finalmente las ventosas (o kiwis como quiera que les llamen) sacaron al bebé.

Sam no lloraba. Tom me asegura que fueron segundos. Yo juraría que fue más de un minuto.

-Por qué no llora, por qué no llora?- Preguntábamos los dos…

Efectivamente Sam llegó con dos vueltas de cordón. Le costó salir y le costó adaptarse a la vida. Pero por fin reaccionó y lo pusieron encima de mi pecho todo calentito.

-Ya estás con mami mi amor. Ya estás con mami.

Mi invadió un gran sentimiento de paz. Yo no solté una lágrima. Su papá sí que lo hizo. Era muy feliz y me pareció la cosa más bonita, blanquita y pequeña del mundo. Fue un momento precioso, único e irrepetible.

Pregunté por mi cordón, y me dijeron que eso lo tenía que haber avisado antes. Ahora ya era tarde…

Yo sabía que no había sido un fallo mío y que la ginecóloga de la mañana lo había dejado anotado, pero en ese momento no me importaba nada más que él, y que a fin de cuentas, esas chicas lo habían traído al mundo sano y entero.

Desde que Sam llegó no ha habido día que no agradezca la suerte que tengo de haberme convertido en su mamá.

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