La preparación al parto tendría que ser preparación a la crianza y abordar un abanico de asignaturas entre las cuales se encontrase “rabietas infantiles” y “autoridad y límites” entre otras.

Confieso que en este tema voy tomando decisiones a ciegas. Nunca estoy segura de casi nada. Como en casi todo esto de ser madre. Lucía, psicóloga infantil de @mimotikids, ha intentado responder a muchas de mis dudas existenciales como madre primeriza.

Lo primero, la gran pregunta… ¿Cuándo hay que empezar a poner límites a las rabietas?

-¡Ciertamente es la gran pregunta!

Cuando hablamos de poner límites en general, entendido como normas, como líneas que no deben traspasarse, podemos empezar cuando los niños son muy chiquitos, en torno a los 12 meses, siempre que sean acordes a su etapa de desarrollo y teniendo en cuenta que los niños deben experimentar, poner a prueba todo, incluso algunas de las cosas que “prohibimos” y que en realidad no van a entender (todavía) lo que implican esos límites.

Primero tenemos que tener en cuenta algo muy importante, ¿qué es realmente una rabieta?

Tendemos a pensar que los niños tienen rabietas porque no saben respetar los límites que marcamos, por desobediencia o porque les consentimos demasiado, pero no siempre es así.

Una rabieta no siempre se produce por falta de límites, sino que a veces, esas reacciones exageradas de nuestros hijos son la única forma en la que pueden expresar su malestar, ya sea un enfado porque no les compramos una piruleta al salir del cole o porque no entienden porqué se tienen que meter en la bañera en un momento concreto. En estos casos, la rabieta es una pérdida de control por parte del niño y para entenderlo hay que conocer un poquito qué ocurre en el cerebro de nuestros peques.

Simplificando mucho, podemos hablar de un cerebro divido en dos partes. La parte emocional y la parte racional. Un cerebro adulto y maduro, puede trabajar con ambas partes a la vez, unas veces más desde lo emocional (cuando nos enfadamos y sin pensarlo nos ponemos a gritar) y otras dejando intervenir a la parte racional (cuando nos paramos a pensar qué hacer para solucionarlo en vez de ponernos a gritar y patalear, que es lo que la parte emocional nos está pidiendo). Cuando conseguimos no dar ese grito, sino que reflexionamos un segundo en busca de otra solución, hablamos de integración cerebral, de las dos partes del cerebro trabajando unidas.

El cerebro de nuestros hijos pequeños, no está completamente desarrollado, la “conexión” entre su cerebro emocional y el racional todavía se está construyendo, de manera que es lógico que reaccionen de manera muy primaria ante emociones fuertes que todavía no saben gestionar.

Por si fuera poco, cuando están en plena rabieta, las dos partes de su cerebro tienen dificultad extra para colaborar entre sí, digamos que se cierra el acceso al cerebro racional, y es la parte emocional la que toma el control. Y esa es la razón por la que cuando nuestros hijos “estallan”, y están tirados por el suelo gritando sin parar, no son capaces de escucharnos ni comprender todas las razones que les damos para que dejen de comportarse como lo están haciendo.

Otras veces, en cambio, una rabieta si puede ser intencionada, un pulso con el que nuestros hijos pretenden conseguir algo y que saben que en otras ocasiones ha funcionado. En este caso las rabietas se tratan de manera diferente, con límites más estrictos, pero aplicados de la misma manera, con firmeza y cariño.

Una vez desencadenada la rabieta acompañada de su grito/llanto, pataleta y algún que otro arañazo o tirón de pelo a mamá

¿Cómo cortas la situación?

La clave es precisamente entender que no siempre debemos “cortar” la situación sino acompañarles en ese malestar, conectar con ellos, ayudarles a calmarse (gritándoles no lo conseguiremos) para que su cerebro pueda ponerse a trabajar. Para que sean capaces de entender cómo se sienten, por qué se sienten así y cómo expresarlo de la manera más práctica posible.

Debemos cambiar el chip, Tradicionalmente se ha pensado que ante una rabieta, más firmeza, autoridad, gritos, ignorar al niño, castigos…es la solución. Mientras que, comprendiendo el funcionamiento de la mente de los niños, sabemos que esto sólo empeorará la situación.

Algunas frases que puedes utilizar en esos momentos para conectar con tu hijo, que se sienta acompañado y comprendido y, en consecuencia, se calme y empiece a poner nombre e identificar sus emociones son:

“Entiendo que estés enfadado por…”, “Te ha debido molestar mucho que ese niño te quite el juguete ¿verdad?”,” Sé que te molesta que tengamos que irnos a casa ahora que lo estás pasando tan bien, pero se está haciendo tarde” En definitiva, empatizar con nuestros hijos y hacérselo saber.

Podéis seguir a Lucía en Instagram, o en su Blog. Ella es la que ha hecho posible este post que acabas de leer. También os dejo un enlace directo a su blog para que sepáis cómo poner límites con éxito: https://bit.ly/2TBaCte

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