Amparo, sé que estás asustada, un fallo en la epidural no entraba en los planes, y aunque el anestesista insista en volver a intentarlo, puedes hacerlo sin ella. Me repetía a mí misma. En ese momento tuve que creer en mi capacidad  para dar a luz a mi bebé de forma natural. Alicia, la matrona que asistía mi parto, centrada exclusivamente en mí y en mi bebé, me ayudó a retomar la respiración.  Mientras tanto, Tom, ajeno a lo que en quirófano había pasado, bajaba para volver a reunirse conmigo. Una hora antes le habían pedido que esperase en mi habitación hasta que la epidural hiciera su efecto.

Pero empecemos desde el principio…

Después de pasar por una larga y muy dolorosa inducción con episiotomía y ayuda de ventosoas en mi primer parto, me prometí a mí misma tener paciencia y dejar que fuera el bebé, esta vez, quien iniciase el parto. No quería volver a tener ningún tipo de intervención. Conforme pasaban los días y me iba acercando a mi fpp pensaba, vale, llega algún día tarde, no es tan malo. Sobretodo con la que está cayendo ahí fuera.

Pero claro, el estado emocional de una embarazada a término en un estado de alarma, no tiene NADA que ver al que tuve en la recta final de mi anterior embarazo cuando este virus todavía no existía.

Pasarte de tu fecha no sólo te genera ansiedad y estar revolucionada, también es duro para tu cuerpo. Nadie quiere estar embarazada más tiempo del que espera. Así que una vez más, tuve que tragarme todo lo que había dicho con un chupito de culpa, sal y limón y llamar a mi ginecóloga para aceptar una inducción.

Ingresé por urgencias el jueves 23 de abril en mitad de una pandemia mundial. Durante mi recta final y confinados desde hacía más de 1 mes, había tenido tiempo para centrarme en dónde y cómo iba a recibir a mi hijo, vamos, a parir: (a menudo la gente se centra en el color del carrito, modelo de cuna o primera puesta, dejando lo más importante en manos de los profesionales). Sin embargo, en esta ocasión, me aseguré de buscar, informarme y decidir cómo quería recibir a mi hijo.

Cuando empezó la inducción, contaba con varias herramientas e ideas para enfrentarme a ella de la forma más positiva posible. Había preparado una playlist con temazos que habíamos hecho nuestros durante el embarazo. Pedí una fitball para trabajar posiciones más verticales durante el proceso de parto. Y llevé varias fotos de recuerdos felices (todos ellos con Sam) para recordarme que lo más bonito estaba por llegar.

Después de 12h esperando a que las prostaglandinas hicieran efecto sin resultados,  me vine abajo. En mi mv no paraban de llegar whastapps de todo el mundo preguntando si Álex ya había llegado. Me entró una gran frustración y rompí a llorar. No podía creer que no fuera capaz de ponerme de parto después de tantos días de espera y con propess incluido. Me comparaba con todas mis conocidas que habían dado a luz días antes en tiempo récord y antes de su fpp y me castigaba pensando que yo no era capaz.

En ese momento entró la matrona. Vomité todo lo que sentía y entonces ella me preguntó si podía hacerme un tacto vaginal. Sólo el hecho de pedirme permiso ya hizo que desde el principio confiase en ella. No la conocía de nada, pero sabía que mi parto con ella al lado iba a ser respetado. 20 minutos después empezó mi parto.

Dilaté 5 centímetros y medio en 1h aproximadamente. El monitor fetal indicaba frecuencias cardíacas del feto bastante altas y entonces, Alicia, me hizo la pregunta.

-Vas a querer la epidural

Mi respuesta fue clara. Sin duda la quería. Me invitó a ducharme con agua caliente para estar más relajada y momentos después me llevaron a quirófano. 

Tom mientras tanto esperaría en la habitación a que me hiciera efecto y 1h más tarde nos volverían a juntar para traer a nuestro hijo al mundo. Ninguno de los dos esperábamos que la epidural no fuera a hacerme efecto.

-Hemos tenido un percance con la analgesia y Amparo ha decidido dar a luz sin epidural, escuché que le decían antres de entrar.

Tom se acercó a mí con la cara desencajada. Sabía que NO había llegado a la inducción preparada psícológicamente para dar a luz sin calmantes. 

-Lo estás haciendo genial, estoy muy orgulloso de lo valiente que eres. 

Me dijo.

Sin embargo para mí no se trataba de un acto de valentía. Sino de una elección sensata. Fue lo que me pareció más seguro en ese momento después de la reacción.

Traje a Álex al mundo con una mascarilla para protegereme del coronavirus y sin drogas para el dolor. Atravesé un sufrimiento inhumano, contracción a contracción. Pero siguiendo el orden natural de las cosas. Aquello que las mujeres habían hecho de forma instintiva durante generaciones. Rodeada de una matrona que con cada ola uterina me recordaba que estaba a tan solo un pasito de conocer a mi bebé. Una ginecóloga que estuvo genial. Llegado el expulsivo simplemente se apartó y me dejó dar a luz. Y con la persona más importante para mí. Mi compañero de vida. 

Parir a pelo para traer a mi hijo, contracción a contracción, hasta mis brazos, fue como entregar mi cuerpo para recibir otra vida. Algo inesperado que terminó convirtiéndose en el parto más hermoso que podía haberme imaginado. De pronto se hizo la luz. Cogí a mi hijo por primera vez y sentí su cálido y dulce cuerpo sobre mi pecho. Olía a recién nacido, ese olor a vida que nunca se olvida y de fondo se escuchaba la canción de Hallelujah. Era justo como lo había soñado. Una sinfonía de explosiones, amor, ternura y belleza descomunal que estalló desde el primer minuto de su vida. En bajito le susurré: bienvenido al mundo, cariño, ya estás con mamá, y mientras él rompía en llanto, yo contemplaba el gran espectáculo de la vida.