En marzo de 2021 recibí una maravillosa noticia: me habían cogido para trabajar en una multinacional de dermocosmética en Valencia. Había llegado el gran cambio que tantos años llevábamos persiguiendo. Nos volvíamos a Valencia, mi ciudad. Con la convicción de que lo hacíamos para vivir mejor y tener una conciliación más equilibrada.

Desde que me reincorporé a mi antiguo trabajo (en una agencia de publicidad), y tras mi segunda maternidad, sentía que había estado sufriendo discriminación laboral por ser madre. Intentando demostrar el doble para poder recuperar mi puesto anterior y flotando en un océano de frustración. 

Con el fin de ese episodio, en el que hiciese lo que hiciese saldría perdiendo, llegó mi oportunidad.

Tachán

El nuevo trabajo se presentaba como algo realmente estimulante y con un puesto con gran potencial de crecimiento. Mi instinto me decía que podía ser un sueño a largo plazo. Pero la empresa había entrado en un momento complicado, con media plantilla en erte y una importante deuda.

Decidí abrazar el riesgo y unirme al nuevo departamento digital. Acababan de contratar a todo un equipo entero. En medio de aquel ambiente, la relación de mi equipo con el resto de departamentos era tensa. 

La experiencia se convirtió en un campo de batalla que me tenía secuestrada full time trabajando a destajo.

En mi vida personal, tampoco era fácil. Acabábamos de mudarnos: cambio de coles, de casa, traslado hospitalario para continuar el seguimiento del CMV, Alex ahora con bronquitis interminable…

Equilibrar un trabajo a tiempo completo. Lidiar con la culpa de no poder ni teletrabajar cuando tus hijos enferman. No poder acompañar a Sam después de un mal día en el cole, mantener mis relaciones. Pensar qué hacer durante el mes de agosto con las guardes cerradas. Operar con poco sueño… 

A veces mi voz  interior me hablaba y me decía: a la mierda! Coge una excedencia, o dos! Qué coño!!! renuncia y vete a disfrutar de los mejores años de tus hijos… Pero luego me consolaba pensando que perseguía una vida plena a largo plazo y que el esfuerzo merecería la pena.

Unas semanas antes de terminar mi periodo de prueba, me comunicaron desde RRHH que no iba a continuar. Al igual que mi propio jefe y el resto de mis compañeras de departamento.

Con el objetivo de entender cuál había sido el motivo, tomé la iniciativa de ir a hablar con el presidente de la empresa y pedir una explicación. Mi sorpresa fue que, a pesar de haber despedido al resto del equipo (incluido mi jefe), el señor admitió que había cometido un error y me invitaba a quedarme en el puesto. Ni mi ego, ni mi sentido común aceptaron esta “nueva oferta”.

Dos semanas más tarde se presentó, como caída del cielo, otra oferta laboral en una gran agencia de medios internacional. El hecho de que en Valencia hubiese algo así, y que apareciese en tan poco tiempo parecía imposible. Normalmente esas ofertas salen sólo en Madrid o Barcelona. Y aunque éste puesto era temporal, me parecía muy difícil que me pudieran coger a mí. Para mi sorpresa, así fue. 

Justo cuando sentía que por fin había encontrado mi sitio, y un ambiente laboral que tanto tiempo llevaba buscando, me encontré rodando por la otra cara de la moneda. Decidí frenar en seco y aceptar que no era el momento. Dos meses más tarde renuncié y me convertí en madre a tiempo completo.

No sé si fue mi impulso mamífero, el cansancio acumulado que tantas veces había sentido, las analíticas alteradas de mi hijo, la aparición de un bulto en mi pierna derecha, la madre naturaleza que me hablaba o un simple momento de flaqueza…Pero lo hice.

Solo hizo falta que la pediatra me confirmase que al niño había que sacarlo de la guardería, para tomar la decisión final. Mi hijo me necesitaba y yo era incapaz de controlar factores como su salud. 

Fue una decisión dolorosa pero necesaria en mi caso. Una elección muy personal después de años buscando el equilibrio y cansada de los juegos de la conciliación. Y aunque sabía que los niños me necesitaban, también temía quedarme en un lugar de mi carrera drásticamente diferente del que habría estado si no hubiese hecho aquella renuncia. La batalla más difícil es la batalla contra una misma. 

Pero mi naturaleza me empuja a ser y estar desde el amor incondicional. El tiempo que parece que no corre, pasa volando. Por eso, un año después de esta renuncia laboral, estoy satisfecha viendo en quién he invertido mi tiempo, que al final es nuestro mejor tesoro. Pero hay días de todo. Y vuelvo a sentir ese miedo inevitable de haberme quedado atrás y esa presión de volver… 

No tengo un final para esta historia. Quiero volver al trabajo, tener independencia económica y continuar con mi trayectoria profesional. Pero también quiero estar con mis hijos cada vez que enferman, sobretodo en estos primeros años. Lo cierto es que seguimos visitando hospitales mucho más de lo que me gustaría. Es muy frustrante. A veces tengo la sensación de haber salido de un ring en el que enfrentaba a mi yo madre vs mi yo mujer. Y cada día sigo haciéndome muchas preguntas. Algunas en silencio por vergüenza o por miedo a ser juzgada. 

Mi caso no es una excepción. Somos muchas las que nos hemos sentido perdidas a la hora de re-enfrentarnos al mundo laboral cuando llega la maternidad. Somos muchas las que nos quedamos con una carrera partida por la mitad, sin entender del todo cómo visibilizar nuestros problemas. Creo que necesitamos alzar la voz, identificar las barreras que impiden el avance de las mujeres y en concreto las madres y encontrar soluciones.